Utila Diving

Somos ignorancia y humildad.

Nacemos, crecemos y aprendemos con ellas. La ignorancia es la amiga problemática que se apoya en la humildad para no caer en evidencia. Nosotros en cambio, destructivos por naturaleza, dejamos de alimentar a la segunda, dejándola sola en un rincón para finalmente desprendernos de ella; pero nunca podemos separarnos de la ignorancia y, cuando tratamos de hacerlo, ésta da de lado a su antigua camarada, la marginada humildad, para encontrar en la soberbia su más fiel y peligrosa compañera.

—¡Me encanta el español! Es melodía para mis oídos, tan pronto como lleguemos a Honduras, me apunto a clases, ¡decidido!

Fue lo primero que oía, al abrir los ojos mientras cruzábamos la frontera entre Guatemala y Honduras.

—Pero te advierto, odio el español de España. Yo quiero aprender a hablar como hablan aquí, en Latinoamérica, ¡mami!

Era una pareja, estaban hablando en alemán, y lo suficientemente lento como para que yo pudiera entenderles. Centroamérica está repleto de parejas que viajan de hostal a hostal, de país a país; haciendo del Caribe su luna de miel anticipada.

Comencé a charlar con ellos fingiendo ser argentino, no entender una pizca de alemán y sin cambiar mi acento del sur de España en absoluto.

—Ahora mismo se lo estaba comentando a mi novia, ¡me encanta cómo habláis! Dame un par de meses y, si nos volvemos a cruzar, podremos hablar en español.

Llegamos a La Ceiba, una ciudad portuaria del este de Honduras y, tan pronto como llegamos, me subí al primer ferry que llevaba a la isla de Utila.

Utila es una de las integrantes de las llamadas Islas de la Bahía, en la costa caribeña de Honduras. Su popularidad aumenta año tras años entre viajeros de todo el mundo. Su diversidad en flora y fauna marina hace de ella un destino único para el turismo del submarinismo.

Salí a dar un paseo por la isla.

Calles repletas de puestos de comida, de carros motorizados que se disfrazaban de taxis, isleños que parecían turistas en su propio hogar, dónde el cabello rubio y los ojos claros predominaban sobre el resto. Aromas a frijoles, pescado y refrito. Cangrejos callejeros que te observaban con desconfianza y, nada más acercarte a ellos, optaban por volver aprisa a la grieta de donde habían salido, a salvo de escandalosos monstruos y gigantes mirones. Charcos bañaban pies descalzos mientras que la intensa lluvia los volvía a rellenar. Peleas entre vecinos que acababan en risas, mosquitos que preferían vivir en tu piel y colores vívidos que conquistaban casas, frutas y corazones.

Un carro, parecido a los de golf, emergió en la calle principal de la isla con banderas rojas y blancas, la música latina que emitía se podía escuchar en toda la isla.

—Malditas campañas políticas… ¡Qué pesados son!

—¿Cómo dices? —pregunté, confuso.

—Estamos en elecciones, brother. Se celebran en dos semanas.

—¿Y me dices que ese carrito de golf llevado por siete personas gritando con megáfonos sin sentido y poniendo música de discoteca está promocionando algún partido?

–Al Partido Liberal, para ser exactos. Bienvenido a Honduras. Soy León, por cierto. ¿Te apetece una baleada?

León era un chico hondureño, natural de San Pedro Sula. De estatura media y semblante calmado, actualmente residía en Nottingham y estaba en Utila solamente de paso, como yo, como el resto de la isla.

—Baleada? Si es comida, tienes mi sí.

—No vas a querer comer otra cosa durante el resto de tu vida, brother.

Fuimos al primer restaurante local que vimos, estaba hambriento y no me importaba realmente si las famosas baleadas cumplían las expectativas creadas por León. Más tarde descubrí que aquellas tortillas de maíz rellenas de frijoles y queso no decepcionarían ni al paladar más exquisito.

—¡¡León!! ¿Cómo fue el primer buceo? Fucking awesome, right? —gritó, eufórico, otro chico que nos esperaba sentado en el restaurante.

—Hey, Mike. Estuvo buenísimo, —contestó León, con bastante menos efusividad.

Mike se presentó y me empezó a contar su historia. Natural de Delaware, llevaba años formándose para ser especialista y doble de cine. Era cinturón negro de kickboxing, gimnasta artístico profesional, monitor de escalada, saltador de trampolín y, ahora, estaba preparándose para ser maestro en submarinismo. Medía más de dos metros de altura, de origen africano y le apasionaba vivir.

Mike seguía hablando ante la atenta mirada de León y mía; cuando no puedes ni acercarte al nivel de interés que se está manteniendo en una conversación, la mejor opción es callar y escuchar atentamente.

Una voz lo interrumpió.

—Eh, ¡tú! —demandó un hombre viejo, sin dientes y, de alguna forma, su mirada fija en nosotros tres al mismo tiempo, —¿qué significa la palabra estatus?

—El nivel de aceptación social con el que cuenta una persona, —le contestó León rápida y locuazmente.

El viejo se quedó mirando fijamente, sentado en una silla con la espalda encorvada, examinando minuciosamente la respuesta que le había dado León.

—Estatus… —decía, mirando al cielo, como si la lluvia caribeña supiera de vocabulario.

Entre pensamiento, mirada al limbo y caricia de barbilla, le daba tiempo para bromear con los trabajadores del restaurante; pero con nosotros tenía problemas más importantes que resolver como para perder el tiempo entre chistes.

—Estatus… —alargaba la palabra hasta que se quedaba sin oxígeno, —estoy confundido, esa palabra me suena… me confunde.

Nadie le entendía. Se echó las manos a la cara y comenzó a llorar, incapaz de creer que la definición de una palabra le hubiera vencido. León, Mike y yo nos miramos, nuestros ojos se entendieron mejor de lo que nuestras palabras hubieran podido. Empatía, lástima y confusión, mucha confusión. Mike sacó su móvil del bolsillo, buscó la palabra estatus en el diccionario, y se la enseñó al viejo hombre: el desconsolado en busca de conocimiento. Sus lágrimas se sintonizaron con la lluvia frenando ambas en un instante, sus ojos no lo podían creer; se echó a reír, jolgorioso y entusiasmado se levantó y comenzó a bailar descompasado. Nosotros, sin pensarlo dos veces, nos unimos a él y, decenas de turistas y locales que pasaban por la calle, nos acompañaron en la esporádica celebración de la felicidad.

Durante los días siguientes, todo cambió. Descubrí cómo era la vida bajo el mar: vida simple, sin corrupción, sin avaricia. Vida en silencio, donde no hay palabras que puedan herir o mentiras que desilusionen. Vida sin leyes, sin gravedad, sin cielo, sin tierra. Vida de vidas.

Nadamos con delfines, intentando seguirlos mientras corrían juntos y hablaban entre ellos con sonidos que escapaban a nuestro conocimiento. Peces de colores y formas dispares hacían de musas mientras que anguilas, mantas raya, y crustáceos afrontaban un nuevo día. Buceamos en la noche bajo los efectos de la bioluminiscencia, a treinta metros bajo el nivel del mar, envueltos por miles de microorganismos de plancton que emitían luz propia a la vez que los pequeños cangrejos y camarones salían de su pequeño escondite para comenzar su actividad nocturna. Los peces loro dormían y nosotros, fascinados, queríamos arroparnos con ellos, mudarnos bajo el agua y aprender a vivir.

Después de más inmersiones de las planificadas, me senté en el muelle, la lluvia y la noche como única compañía. A sólo unos metros se estaba celebrando una barbacoa, se oía música, juegos, risas y comunión. Las olas rompían con fuerza y la marea arrastraba mi cabeza: indefensa, insegura. La mar me envolvió y me escupió, recelosa y envidiosa de que, al día siguiente, la abandonara por su contendiente, el gigantesco océano.

Mike se acercó.

—¿Qué haces aquí solo?  —su tono de voz franco, más calmado de lo normal

—¿Qué tal la barbacoa? Fucking awesome, right? —le dije, mi mirada clamaba una despedida.

—Cuídate en tus viajes, hermano, —me contestó con una media sonrisa más sincera que muchas otras completas que haya visto antes, a la vez que me ofrecía un vaso de Flor de Caña, a punto de pronunciar unas palabras para brindar, —pasado, presente y futuro, —dijo sereno, mientras llevaba el vaso hacia la mesa, hacia el mío y hacia el cielo.

—Pasado, presente y futuro.

 

 

Autor entrada: José Ramiro

2 thoughts on “Utila Diving

    Josefina Buitrag

    (15 noviembre, 2017 -11:39 am)

    Dios mío que maravilla, eres un autentico poeta en el sentido más amplio de las palabras “POETA”, tu hermosura al relatar tus vivencias, la forma de esa prosa poética, adornando cada uno de los acontecimientos con esas imágenes, metáforas de tanto esplendor y luz, me dejan realmente anonadada sintiendo junto a ti lo que estas viviendo, “Magnifico” gracias por compartir tu vida de esta forma tan hermosa. Un abrazo gigante como el mar. ENHORABUENA, no cambies nunca.

      José Ramiro

      (20 noviembre, 2017 -2:22 am)

      Muchísimas gracias por tus hermosas palabras Josefina, me dan ánimos a seguir. 🙂
      ¡Un abrazo enorme!

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