Mochileo en Playa del Carmen

Un hostel es un nido de historias desconocidas que mueren por ser contadas, y que, sin embargo, casi nadie conoce.

Eran las 9 de la noche cuando llegué al hostel Tres Mundos de Playa del Carmen, México. Era un edificio situado en la calle 6 Norte que deslumbraba por su colorida fachada entre turquesa y amarillo y que, al mismo tiempo, no desentonaba del resto de edificios: todos ellos de no más de cinco metros de altura y con las paredes derruidas a causa de la intensa humedad caribeña.

Tras hacer el registro en recepción con una encantadora chica de la Córdoba argentina y guardar mis pertenencias en las taquillas de mi habitación, me dispuse a bajar tomar un vaso de agua. Al camino de la cocina, me topé con un muchacho que trabajaba en el hostel, Abisai, y su amigo, Donovan. Conversaban sobre lo que pasó la noche anterior mientras comían fideos de sopa instantánea.

—¿Cómo os podéis comer eso? —observé con sarcasmo y tono simpático.

—No mames güey, no me digas que eres otro de esos que se pasa la vida leyendo las etiquetas de la comida que compra. —recriminó Donovan, su mirada clavada en unos ojos penetrantes como puñales y su tono de voz tan cálido que te hacía sentir seguro, en casa.

—No, sólo pretendía romper el hielo. —contesté entre carcajadas. Es curioso cómo Hollywood ha criminalizado a la población mexicana. Era mi primer día en Playa y el acento mexicano aún me infundía respeto y, en cierto modo, miedo. Me bastaron unos minutos para que esa sensación, estúpida, se esfumara.

Me invitaron a unirme a ellos. Nos sentamos en el patio central del hostel, rodeados de precioso arte maya expuesto sobre paredes que no dejaban espacio al aburrimiento: combinaciones imposibles de intensos colores que te hacían volar a un mundo en el que la psicodelia y el entusiasmo jugaban a ser los protagonistas de una obra interminable.

Comenzamos a tomar y a charlar, a escuchar y entender. Bebíamos mezcal, un licor tradicional mexicano de la época prehispánica y que se obtenía como resultado de la fermentación del corazón del magüey, planta que crece de forma natural en el norte de México y el sur de Estados Unidos y de aspecto similar al aloe vera.

Les pregunté sobre la cultura en México o, al menos, en el Estado, de donde ellos provenían. Donovan me contaba cómo para los mexicanos la muerte pierde el carácter tabú del que goza en el resto del mundo.

—Incluso en el colegio pues nos hacían hacer calaveritas literarias —intervino Abisai, sus ojos dos cuencas.

—Sí men, –le interrumpio Donovan mientras le pasaba un cigarrillo al joven trabajador,—nos hacían escribir esos versos sólo para mofarnos de la muerte.

La calavera literaria es una composición tradicional en verso que surgió en periódicos de la Guadalajara de finales del siglo XIX. En las escuelas mexicanas, es tradición que los niños escriban sus propios versos en una mini-obra.

—Es como todo ahorita, desde bien pequeños hacemos y creemos lo que se nos dice. —prosiguió Donovan al tiempo en el que exhalaba humo por la boca, —Fíjate en los mayas, ¿cómo explicas que la pirámide de Kukulkán esté construida sobre un cenote y esté ubicada en una posición estratégica para que en los equinoccios las sombras que se proyectan formen el cuerpo de la cabeza de la serpiente que está en el pie? —haciendo referencia a la pirámide central de Chichén Itzá: impresionantes restos arqueológicos de una antigua ciudad maya con la pirámide de Kukulkán como eje central.

—O los egipcios, esos también estaban bien curiosos. —aportó Abisai: mirada humilde, tono servicial.

—¿Creéis que dentro de, digamos, mil años, las siguientes civilizaciones especularán sobre la nuestra tal y como nosotros lo estamos haciendo sobre ellos? —pregunté, empezando a volcar mi atención en la conversación que se estaba cuajando.

—No sé si llegaremos a los mil años men. Yo prefiero tomar y no pensar en esas cosas, me duele la cabeza. —contestó Donovan con una capacidad más que admirable para cambiar el tono de diálogo, me provocó una carcajada.

A la mañana siguiente, Abisai preparó desayuno: piña, papaya, plátano, café y tostadas. Algo antes, yo me había despertado para hacer algo de deporte, dejé el centro de la ciudad para correr unos kilómetros alrededor del paseo Xaman-Ha: el aire vapor, mis piernas sopor.

Tras una pequeña charla con Abisai sobre qué deportes nos gustaba practicar y qué países nos gustaría visitar, entró Donovan: su cuerpo lleno de tatuajes que no parecían seguir orden alguno.

—Buenos días, conversación neta la de ayer.

–Interesante noche.

—Lo pasamos bien lindo.

Donovan era de ese tipo de personas que le gustaba liderar una conversación, y lo hacía sumamente bien. Abisail, de carácter más reservado, siempre intervenía con contestaciones educadas y nunca fuera de lugar.

—Acá en México, con quien de verdad tienes que andarte con cuidado es con la policía. —afirmó Donovan, contestando a mi pregunta sobre la seguridad en el gigante centroamericano, —Si de verdad te quieren joder lo van a hacer, y la mayoría de la gente no les reprocha por miedo o por falta de conocimiento de la ley y sus derechos.

Donovan tenía el aspecto de alguien al que el pasado no le había sonreído, pero que le regalaba su mejor sonrisa al futuro. De piel morena como el plumaje del águila real que simboliza la unidad mexicana, ojos rasgados que recordaban a almendras recién peladas y cabello descuidado de color negro opaco.

—Yo mismo pasé tres noches en prisión, fueron bien duras. —me contaba entre risas.

—Después de esos tres días tuve que hacer la maleta y dejar toda mi vida atrás en el DF para no tener problemas. Tenía mi propio restaurante, mi madre y mi novia. Las dejé a las tres.

Pasamos horas y horas conversando sobre actualidad, religión y filosofía. Las ideas no paraban de fluir en forma de palabras, éstas en ideas. Sumerios, hinduismo y todo tipo de conspiraciones se apropiaron de nuestro tiempo y, mientras tanto, caminábamos.

Desde Playa Centro, pasando por Playacar hasta donde la zona hotelera termina y deja espacio a paraísos vacíos. Arena color hueso tan fina como la harina, aguas turquesas que rodeaban a pequeños arrecifes entre los que las tortugas y peces conviven en harmonía bajo un intenso calor caribeño.

Autor entrada: José Ramiro

2 thoughts on “Mochileo en Playa del Carmen

    Dominga

    (25 octubre, 2017 -12:12 am)

    Me encanta tu narrativa engancha desde el principio y las descripciones son muy buenas. Enhorabuena y mucho ánimo José

      José Ramiro

      (28 octubre, 2017 -4:51 am)

      ¡Muchísimas gracias, Dominga! Mañana publico el siguiente, espero que te guste igual 🙂

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