Nicaragua: Revolución Natural

Las palabras son el traje de los pensamientos: a menudo sirven de disfraz a la conciencia y de máscara a la voluntad y, al igual que de las apariencias, no deberíamos fiarnos de ellas.

—Los americanos me torturaron y me rompieron las piernas en ese edificio que ves ahí —decía señalando a un bloque que servía como prisión americana durante los años de guerrillas en Nicaragua, —nos sacaban los ojos, nos meaban encima y nos tenían sin comer días. En aquella época tener entre catorce y veinticinco años en Nicaragua era un crimen. ¿Ves esos cinco de ahí? —me preguntaba, señalando cinco retratos, en blanco y negro, que reposaban en una fachada blanca, —¡compañeros míos! Iban camino de la biblioteca, eran guerrilleros, ¡como yo! ¡Psssn, psssn, psssn! —imitaba, acompañando con gestos, el sonido de una escopeta disparando, —muertos.

Estaba en León, capital nicaragüense de la Revolución Sandinista. De aspecto parecido a Antigua Guatemala, aunque más derruida, ruidosa y calurosa, León me recibió como no podía ser de otra forma: charlas políticas desde ideales muy marcados.

Era un hombre que estaría en sus cincuenta, su verdaderamente corta estatura y su apurada melena al más fiel estilo Ché Guevara, le daba un aspecto muy característico. Estando su cara a no más de un palmo de la mía, me hablaba casi a gritos, como si de una charla a cien personas se tratara. Llevaba una gorra comunista: de las de forma de boina y estrellas en la parte delantera. Había pasado toda su juventud participando en guerrillas montañeras en la Nicaragua mas peligrosa y cohibida de todos los tiempos.

—Universitarios de toda Nicaragua se unieron aquí a la revolución sandinista —recordaba, sus ojos al alza acompasando su discurso y, seguramente, pensando en todas las terribles atrocidades que, por ambos bandos, tuvo que presenciar, —íbamos mal armados, sólo con machetes, hachas y alguna que otra escopeta. Pero los frenamos en León, la capital de la Revolución —me contaba a la vez que su expresión se llenaba de orgullo y victoria, y finalizando con un inesperado cántico:

 

El pueblo, unido, jamás será vencido

el pueblo, armado, jamás será aplastado.

 

Me enseñó el escudo con el que Sandino, líder revolucionario de principios del siglo XX, firmaba sus cartas enviadas a diferentes autoridades. No era más que un guerrillero de montaña cortando el cuello de un soldado norteamericano, en la parte inferior se podía leer Patria y Libertad. Sus ojos inyectados en odio y repulsión hacia los Estados Unidos.

—Kgggrh —esta vez imitando el sonido de un cuello desquebrajándose, a la vez que rodeaba su propio cuello con su dedo pulgar, —muerto.

Me quiso vender vídeos sobre la revolución y las guerrillas. Un solo DVD por doscientas córdobas, el equivalente a algo más de seis dólares americanos. Yo no quería vídeos, pero, como sólo algunas personas lo saben hacer, hizo que me sintiera en deuda con él por haberme contado la historia política de Nicaragua. Él, que vivió años muy agitados, años de guerra. Él, desde el odio más profundo, el que sólo se obtiene a través de la violencia. Él, con el dolor inmenso por haber perdido a camaradas y amigos, y con la naturalidad más descarada para jactarse de la muerte de adversarios a manos de compañeros suyos. Yo no quería ningún vídeo, tenía suficiente con sus historias y recuerdos, así que le pasé unos cuantos billetes que hacían el total de cincuenta córdobas, la cuarta parte de lo que me pedía por el DVD, como gratitud por su tiempo y por compartir sus experiencias e ideales. Sus ojos se llenaron de gratitud y felicidad, o al menos eso fue lo que me hizo sentir.

Estaba ansioso por salir de León: ciudad con historia y con personalidad, pero donde las manchas de sangre aún perduran y no saldrán fácilmente. Después de comer un plato de gallopinto, quesillo, maduro y tortillas (plato nicaragüense por excelencia), aupé con cariño y cuidado a mi pequeña, mi mochila, y me la cargué a la espalda, haciéndonos compañía el uno a la otra. Caminé hacia la terminal de autobuses con la intención de partir hacia un nuevo destino: que tuviera más árboles y menos edificios, más cantos de pájaros y menos ruidos de motores, más que celebrar y menos que recordar; me fui a la isla de Ometepe.

Pasaron días y visité ciudades, lagos, pueblos y volcanes que persisten activos. Me encontraba en la capital, Managua, decidido por fin a emprender la recta final hacia la isla. Estaba en la agitada terminal de autobuses de la urbe: caótica, abrumadora, aglomerada. Vendedores callejeros ofrecían desde jugos de naranja hasta suplementos vitamínicos en pastillas. Entre codazos y bullicios, cavilaba sobre encontronazos y amistades fugaces que, por suerte o infortunio, se habían cruzado en mi camino durante este último mes. Pensaba en Donovan, en cómo seguiría dando sermones a nuevos viajeros; en Franz, y en qué habría hecho al quedarse sin blanca mientras viajaba por México; pensaba en el Círculo del Fuego, y en cómo de la mano del Lago Atitlán estaría encandilando a nuevos viajeros ambulantes; en Mike, Patrick, León, en el Jesucristo hippie y en el exaltado guerrillero.

Mi cabeza volaba alto y se perdía entre el tumulto, cuando un hombre de dimensiones consideradas captó mi atención sin abrir la boca. Observé que llevaba mirándome durante algunos minutos, como si por ciencia infusa supiera que buscaba ayuda. Lo miré más detenidamente, estaba sentado sobre una acera llena de gente, polvo y basura; su camisa desabrochada mostraba su amarillenta camiseta interior a tirantes y su protuberante barriga. Crucé de acera y le pregunté sobre la vía más rápida para llegar a Ometepe.

—¿Rápido o lento? —me contestó al instante, mostrándome una enorme sonrisa gingival mientras su cabello gris despeinado se balanceaba para casi escapar de su gorra de propaganda.

—Depende de la diferencia de precio.

—Veinte córdobas, ¡una hora y media uno más rápido que el otro! —su voz carrasposa, aguda y preocupada por el viajero perdido que tenía en frente.

—¡Vendido! —le dije, despidiéndome con una mueca de afecto.

Andados unos cien metros, oí desde atrás una voz que me llamaba a gritos, giré sobre mí mismo y vi al mismo hombre, sentado en el mismo lugar, haciendo aspavientos para llamar mi atención. Cuando lo alcancé de nuevo, cogió fuertemente mi mano con las dos suyas y me miró fijamente:

—Que Dios lo proteja —me confió, agitando mi mano y sin esperar nada a cambio.

Me subí en el bus que me llevó a la ciudad de Rivas, para luego montarme en un ferry que me llevó hasta la isla de Ometepe, mientras regalaba mis pensamientos al señor de la estación de Managua.

Ometepe, que viene del náhuatl Ōmetepētl, dos montañas, es una preciosa isla volcánica que se encuentra dentro del Gran Lago de Nicaragua. La isla, rodeada por agua dulce, está presidida por Concepción y Maderas: volcanes que son permanentes testigos de lo que ocurre a sus pies y proporcionan a la isla una riqueza ecosistémica exquisita.

Los días en Ometepe los pasé recorriendo sus caminos en una moto alquilada. Desde Moyogalpa hasta Santa Cruz, conducía libre y relajado, pareciera que las mariposas que me rodeaban me hubieran contagiado y los colibrís que revoloteaban por la isla me guiaran. Días de viento en la cara, entre termas naturales que emanaban de Concepción y más gallopinto, quesillo y maduro. Días que se convertían en noches demasiado rápido, y noches que deslumbraban bajo el intermitente chispazo de luciérnagas que se pavoneaban cercanas a la costa.

 

Autor entrada: José Ramiro

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