Magia en Tulum

Almas sin nombre,

almas dispares, valientes, almas que extrañan en casa, almas sin fin, sin principio y, cosas del destino, almas que encajan como un puzle de mil millones de piezas.

Marché a Tulum, mi hogar, el hogar de mi alma, para siempre.

—Creo que, si veo a un turista más, a uno sólo, ¡a uno!, va a haber un nuevo sacrificio en la Riviera Maya.

—Tranquilo hermano, ¿un traguito de mi cerveza?

—Estoy muy en serio colega, mañana me voy de este puto sitio, me voy a conocer el México profundo.

Se llamaba Franz, natural de una pequeña aldea del estado alemán de Hesse. Era la primera vez que hablábamos.

—Vörwarts! ¡Adelante! —le dije.

Franz era un tipo alto, con mirada excéntrica, pelo naranja y un intento de moño en la parte superior de su cabeza, casi en su frente, que le proporcionaba un aspecto algo cómico.

A pesar del fuerte temperamento con el que me recibió, me cayó bien. Caminamos juntos a las ruinas mayas de Tulum. Preciosos edificios de piedra levantados sobre la costa de la ciudad, en la que la extinta civilización gozaba de unas vistas privilegiadas en caso de que cualquier enemigo se acercara a sus pueblos. Nadamos en el mar bajo el cielo cargado de nubes deseosas de brindarnos una nueva tormenta tropical, y volvimos al hostel.

Me duché, organicé mi mochila y salí al área común. Me senté acompañado de mis pensamientos. Todo tipo de sueños, miedos y dudas rondaban por mi cabeza; algunos eran tan efímeros como el crujir de una hoja, otros venían para quedarse: ¿soy lo suficientemente honesto con la gente que me aprecia? ¿soy lo suficientemente sociable para viajar solo? ¿debería de estar en una oficina? ¿me sentarán mal los tacos que me acabo de comer?

Cuando la cabeza estaba a punto de ganarme la partida, se empezó a escuchar una alegre melodía. Miré hacia atrás y vi a un chico con un sombrero caminando hacia mí, mirada muy segura y tocando el instrumento con alguna que otra dificultad. Cruzamos miradas y comenzó a inventarse una canción:

 

Hay un chico nuevo que no conozco en el hostal

Quiero conocer la historia de este ché

¿Oíste? Llevo dos años viviendo en la Riviera

Y no hay cosa que me guste más

 

–¿Otra vez con el dichoso ukelele? —inquirió una voz por detrás, —Soy Jason…

—Y odias a los tipos que tocan el ukelele. —terminé por él.

Jason soltó una carcajada: sincera, ruidosa.

—¿Quién es este tío? ¡Me gusta! —preguntó al aire, señalándome.

–He reunido a algunos amigos para tomar algo esta noche, ¿quieres unirte?

—¿A mí no me invitas? —preguntó el cantautor argentino.

—Sólo si cierras ese instrumento bajo llave, o lo aprendes a tocar, tú eliges.

Nos sentamos algunos, otros prefirieron tumbarse en hamacas, otros de pie. Viajeros de Australia, Inglaterra, Finlandia, Estados Unidos, España, Canadá, Alemania, Argentina… Todos allí con diferentes metas que alcanzar, historias que superar, sueños que cumplir.

Las horas pasaban, las nubes se contagiaron de nuestro embrujo y emigraron lejos de Tulum para regalarnos la más estrellada de las noches. En México: casa de nadie, hogar de todos.

Bob Marley, David Bowie, Jim Morrison; todos nos observaban con mirada expectante, como si nuestra noche fuera la que ellos, allá donde estén, dejaron pendiente.

—¡Joder! ¡Joder, tío! Te juro que acabo con todo, ¡con todo!

Abrí los ojos, la cabeza retumbaba, conocía esa voz.

Jason y yo nos levantamos a la vez.

—¿Qué ocurre, Franz? ¿Estás bien?

—Ayer me perdí en Tulum, cogí un taxi y acabo de ver que perdí mi cartera y mi móvil. Y sólo me quedan quinientos euros para dos meses de viaje, ¡quinientos!

Jason y yo nos miramos, desde el primer momento hubo complicidad entre nosotros. No pudimos evitar reírnos y desear a Franz lo mejor, que se marchaba a conocer el México profundo durante dos meses con quinientos euros en su cuenta del banco.

Aprovechamos que estábamos despiertos, para levantar al resto e ir a disfrutar del día en algún cenote.

La palabra cenote viene del maya dzonoot, hoyo con agua. Haciendo honor a su nombre, los cenotes son una especie de pozos naturales que se forman por la corrosión de la roca caliza por la entrada de agua de lluvia. Los cenotes servían a los mayas como lugar de ritual, de ofrenda y de sacrificio. Esa tarde, nosotros los revivimos rezando a nuestro futuro, ofreciendo nuestra amistad y expiando nuestras preocupaciones.

Sólo fuimos Jason, Becks y Carl.

Becks era una chica australiana que, con sólo una mirada, te hacía saber que ella era mejor que tú y que más vale que tengas algo muy interesante que decir o mejor no hagas el esfuerzo.

Carl era un chico canadiense y le llamábamos el hombre sí. No importaba cómo la pregunta fuera o cuán enrevesada fuese, a él siempre le parecía bien.

—Hey Carl, me encanta tu cinta del pelo, ¿me la das?

—Claro, tío. ¡Mírate!, se ve mucho mejor en ti que en mí.

Para ir al cenote, por supuesto, me puse la cinta que Carl, el generoso Carl, me ofreció quedarme de por vida.

Fuimos al llamado Cenote Escondido. Pasamos el día con grutas, peces, risas y verde.

A la vuelta volvimos en combi, que no es más que un concepto brillante. Las combis, o colectivos, son micro-autobuses que, como cualquier medio de transporte, marchan de un punto A con destino a un punto B. Lo que hace especiales a los colectivos, es que no tienen paradas fijadas. Cada cuál puede bajarse donde decida y montarse donde le plazca (previo aviso, normalmente gritado, al chófer).

Llegamos a la ciudad hambrientos y nos sentamos en un restaurante local. Tacos, gringas, sopes, mole y tamales se lanzaron a impedir cualquier tipo de conversación durante algunos minutos.

Siempre echaré en falta la comida de México.

Al día siguiente, todos se habían ido. Yo me quedé a disfrutar de unas noches más en el DayTripper hostel. Amarga despedida, emocionantes encuentros.

Me quería evadir de la soledad que, por otra parte, había disfrutado durante la mañana. Me fui a Akumal, que en maya significa lugar de tortugas. Y en las tortugas encontré a las compañeras de baile que me acompañarían en esa tarde y ahogarían mi soledad en sal y aleteos.

Tras tortugas y cenotes, volví a mi cama. Me tumbé, descansé y salí para encontrarme con Florián, el desafiante cantautor.

Dejé que tocara, dejé que cantara. Ya no me parecía tan mala su música. Nos quedamos cantando, gritando a la noche tras la mirada fija, de nuevo, de mejores artistas de otro tiempo.

Y me marché de Tulum, mi hogar, el hogar de mi alma, para siempre.

Autor entrada: José Ramiro

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