Honduras-Nicaragua: Camino Espiritual

La vida nos regala amor, y la traicionamos con la infidelidad. La vida nos regala el aire, y la engañamos entre caladas de algo más denso. Nos regala verdad, agua, fruta, pureza; mientras nosotros le mentimos entre copas, gula y lujuria.

Estábamos en un hostal de carretera, nuestro minibús se había averiado de camino a Nicaragua y paramos cerca de un pueblo del sur de Honduras a pasar la noche. Excepto por un simpático montañero neozelandés, no me sentía cómodo con mis compañeros de viaje: decididos a que el oxígeno no era para ellos y que estaban a cargo de que nadie pegara ojo en el viaje. Como tantas otras veces, salí por mi cuenta a conocer lo que me rodeaba. El pueblo estaba vacío, oscuro y sin nada que resaltar, salvo algún que otro perro callejero que, sin esperanza, buscaba su cena entre olfateos por la basura. El silencio, fiel acompañante de la oscuridad y flamante emperador de las calles, se había ganado mi voto y mi respeto. Caminaba entre fantasmas e ilusiones, cuadra tras cuadra en busca de comida o compañía hasta que, algo alejada, se comenzó a escuchar una embelesadora melodía que no lograba descifrar. Seguí a los instrumentos y, como el perro oliendo los restos de comida, yo me dejé guiar por la música; me fui acercando y empecé a diferenciar un violín, una guitarra y dos voces: una masculina y otra femenina. Al doblar la esquina de una iglesia de color blanco y amarillo, vi a una joven pareja tocando y cantando en la que supuse que era la plaza central del pueblo, la obra: el Minueto en sol mayor, de Bach.

Él: cabello largo y rubio oscuro, piel clara con reflejos amarillos que denotaba orígenes europeos, barba descuidada aún sin cerrar, espalda ancha y vestimenta propia de los hippies de los sesenta.

Ella: facciones mayas muy marcadas, piel avellana, nariz prominente, pelo tan negro y tan liso como uno pueda llegar a tener, curvas por cuerpo, vestimenta discreta y dotes envidiables al violín.

—Buena onda, hermano, —me saludó el guitarrista hippie mientras seguían con la canción.

Les saludé con la mano y me quedé contemplando su particular versión del clásico de Bach, el tempo era bastante más rápido que la versión clásica. Ella tocaba con el violín la alegre melodía principal mientras que él le hacía los acompañantes con la guitarra y le incluía una letra totalmente inventada, letra que lanzaba gozo y armonía, al tiempo que trataba de dar respuesta cuestiones espirituales de forma trascendental. Los dos muchachos no paraban de mirarse el uno al otro y de lanzarse carcajadas, nada existía para ellos: ni yo, ni la iglesia, ni los fantasmas que habitaban el pueblo; eran unos yonquis, adictos al amor, y no paraban de consumir su dosis.

—¡Woo-hoo! —les silbé mientras aplaudía, —buena versión, ¿de dónde has sacado esa letra?

—Son pensamientos que me van viniendo a la cabeza, —me sonrió al momento, su melena cautivando la mirada de su enamorada, que se derretía en poesía, —ven y siéntate a platicar con nosotros.

—¡Ahora mismo! —le dije, devolviéndole la sonrisa y sintiéndome privilegiado por tener la oportunidad de compartir una conversación con los artistas después de la actuación.

Me ofrecieron jugo de linaza y limón para beber; la linaza es una semilla que, según me explicaron, es fantástica para la digestión y ayuda con la pérdida de peso. Bebíamos en vaso de plástico y, una vez preparado el zumo, le añadían una cantidad considerable de azúcar a cada poción, había que contrarrestar los efectos adelgazantes.

—Bueno, contadme vuestra historia —les increpé amablemente.

—Fue todo muy loco… —comenzó el muchacho, su piel amarilla casi brillando en la oscuridad.

—¡Y rápido! —añadió ella, su piel camuflada en la noche, su energía desafiante.

—Estaba en Tegucigalpa, yo nací y me crie allí. Una noche, un coro con orquesta estaba cantando en una de las calles principales de la ciudad y, Yatzil, era la violinista. No pudimos dejar de mirarnos durante toda la actuación, al terminar me acerqué y le pregunté si quería venirse conmigo a vivir a algún pueblo pequeño, ya sabes cómo es Tegucigalpa, no podía aguantar más el caos de la gran ciudad.

—Estoy con Yatzil pues, me decanto más por rápido que por loco —sugerí entre tragos de linaza y limón.

—Llegamos aquí hace una semana, y estamos viviendo en esta plaza hasta que encontremos algo más decente —añadió Yatzil, que en su idioma nativo significa cosa amada.

—¡Punto para la locura!

Me regalaron su risa, y yo se la devolví.

—¿Qué opinas de la religión? —me preguntó el guitarrista hippie.

—Vaya, las cosas se ponen serias… —dije en tono de voz bajo, casi para mí mismo, –es una pregunta que, normalmente, me gusta responder, pero ¿sabes qué? Estoy cansado de oír lo que yo pienso; acabo de conocerte versionando a Bach con tu novia en mitad de un pueblo vacío y sin luz, en una plaza que resulta ser vuestro hogar y tomando un jugo hecho de una semilla que hasta hoy desconocía. No sé por qué, pero tengo la sensación y la esperanza de que tienes algo interesante por respuesta.

Y así era.

—Hace unos años, a través de la meditación, tuve la suerte de experimentar un viaje astral —comenzó, —de repente, todo a mi alrededor cambió, ya no veía a personas o a objetos, sino a luces. Luces que deslumbraban y que me hablaban sobre mí, sobre pensamientos y sentimientos que ni yo mismo admitía que pasaran por mi cabeza. Yo las miraba con miedo, gritándoles ¿por qué sois luces? ¿por qué me habláis? Y ellas se reían muy fuerte y me decían: ¿no ves que tú eres igual que nosotras? Me miré y ya no tenía cuerpo, era pura luz como todo lo demás.

Su expresión era sincera, incluso preocupada. Su mirada bailaba entre mis ojos y el suelo, dónde encontraba a sus piernas: cruzadas y escondidas bajo una tela fina y colorida.

—Comencé a entender todo, —proseguía, bajo mi mirada intimidante y la mirada protectora de Yatzil, — fui luz y estuve con luces durante horas, años, siglos, no lo sé. Cuando volví a mi cuerpo, solamente habían pasado quince minutos. Por primera vez en mi vida, estaba totalmente seguro de la existencia de Dios. Fui corriendo a contarle a mi padre lo grandiosos que los milagros podían llegar a ser, pero no me creía. Salí a la calle gritando que daría de comer a los hambrientos y ropa a los que tenían frío, empecé a preguntar a todo el mundo que pasaba por la calle, uno por uno, si creían en la existencia de los milagros, todos me tomaban por loco.

Los delicados dedos de Yatzil viajaban sutilmente de su pelo a su barba, y hacían paradas en su frente, ojos y nariz, cubriendo su cara en un velo de ternura.

—Hasta que un niño me contestó que sí creía en los milagros, que quería ver como multiplicaba los panes. Le dije que me tenía que dar algo a cambio, aunque fuera pequeño, y que se vería recompensado con más de lo que me diera, así que me dio un chicle. Seguí hablando con la gente, gritando, corriendo de un lado para otro proclamando que los hambrientos dejarían de sufrir. Poco a poco, más gente fue confiando en mí y me empezaron a ofrecer cosas pequeñas. La gente que me tomaba por loco al principio vio cómo de no tener nada, ahora tenía algún que otro pan. Más y más gente comenzó a creer y me llovían panes y lempiras, y yo volvía con más comida para todos.

—¿Me estás diciendo que escenificaste el milagro que supuestamente obró Jesús multiplicando los panes? —pregunté, feliz de haberlo dejado a él contarme su versión de la religión, más interesante y divertida que la mía.

—Hermano, el milagro que hizo Jesús con los panes no fue como se cree —sus manos en sintonía con sus palabras, llevándolas de un lado a otro bajo la noche en el pueblo perdido, —Jesús era un cabrón muy inteligente, habría como doscientas o tres mil personas allá donde estaba él. Seguramente muchos de ellos hambrientos y otros muchos que, teniendo comida, no querrían compartirla. De entre todos ellos, habría un niño que se acercaría a Jesús confiado en que ese hombre con barbas pudiera ayudarle a comer algo. Jesús hizo que la gente creyera en él y que los que no querían compartir le dieran sus panes para que él, de aquella forma, los multiplicara y repartiera entre todos.

Me desconcertaba por momentos. En mi mente, pasaba de ser un hippie a un gurú y a un pirado, para más tarde hacerme pensar que todo lo que me estaba contando formaba parte de una metáfora maestra.

Yatzil comenzó a cantar, su voz fina y penetrante hizo de acompañamiento a las palabras del Jesucristo del siglo veintiuno.

—La religión está en cada uno de nosotros, —concluía finalmente, Yatzil como banda sonora, —los milagros y Dios somos todos, la clave de todo está en compartir. Religión es una palabra que viene del latín religio, del verbo ligare, que significa ligar, amarrar, atar. La religión es lo que nos religa, lo que nos une; la música, el arte, el amor: eso es la religión.

—Amén.

 

Autor entrada: José Ramiro

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