Guatemala Blues

—¿Qué escribes? —su cara en la penumbra, cabeza agachada, mirada hacia arriba, directa hacia mis ojos.

—Intento escribir historias.

Eran las diez de la noche en el Café NoSé, Antigua Guatemala. Quedaban apenas unos minutos para que empezara el concierto.

—Qué bueno, yo también escribo. En el último artículo que publiqué hablo sobre la dificultad de elegir. Se llama How to Choose, Cómo Elegir.  

Me enseñó el artículo, y me lo empezó a explicar al completo.

—Lo primero que debes preguntarte es si tienes claro dónde quieres vivir y con quién quieres vivir. Pero lo verdaderamente importante, es crear. Si no tienes claro lo primero, tienes que estar abierto a crear diferentes escenarios, con diferentes objetivos.

—Te escucho.

—Sólo digo que, a partir de ahora, las decisiones que tomes no las bases en el software, el matrix que te implantaron desde que eras un niño y te impide elegir desde diferentes perspectivas.

—No puedo estar más de acuerdo.

—¿Eres espiritual?

—Por la mayor parte de mi tiempo, sí.

—¿Crees que todo pasa por alguna razón?

—Es complicado.

—Venga, dime.

—Intento pensarlo, pero después de unos minutos, me parece una porquería.

—Explícate.

—Imagina que, cualquier día, algo horrible sucede por mi culpa y me arrepiento por ello. Justo después, intento pensar que todo pasa por algo; que ese error será bueno para mi futuro. Minutos después me doy cuenta de que sólo intento pensar eso para sentirme mejor con lo que hice. No cuenta.

—Ahá. Pero piensa que, si lo haces, muestras una actitud positiva hacia tu futuro y, aunque no pasara por algo, el pasado está muerto, enterrado, prescrito, y vas a recibir tu futuro con más positividad.

—La Ley de la Resonancia.

—Exacto. Si seguimos enviando las mismas ondas, vibras, llámalo cómo quieras, atraeremos siempre a las mismas personas, alcanzaremos las mismas metas y pasaremos toda nuestra vida vagando en un bucle sin fin.

La música comenzó su propio bucle sin fin: guitarras, violines, percusión y una voz tan profunda y perfectamente acompasada que pareciera que John Lee Hooker se hubiera apoderado de su garganta. Un blues que emitía no sonidos, sino colores: desde el rojo más cálido hasta el azul más gélido; un blues tan azul como Guatemala.

La conversación con la intensa chica holandesa me dejó pensando, en la noche. Ya no estaba seguro de si mi actitud hacia la vida era la adecuada. Quizás no pensaba con la suficiente positividad para que los regalos que el destino me ofrecía llegaran más claros y con mejor envoltorio. Tenía que dormir.

Tras una noche de reflexión, me levanté, desayuné y partí rumbo al Lago Atitlán. Antigua no dejó más que buenos recuerdos en mi cabeza. Una pequeña ciudad rodeada de volcanes, arquitectura parecida a mi amada, la Granada andaluza. Gente simpática, con historias de las que aprender y con los mejores aguacates del mundo. Una ciudad que pone todo su empeño en que la peligrosa y consecuente resonancia le muestre su cara más agradable.

—Hey, hermano. —me saludó una voz a mi izquierda, tan pronto como salía del hostel.

—¡Jacob! Qué bueno verte, justo ahora marchaba.

Jacob era un afable surfero del sur de California. De aspecto asiático, se había dedicado a trabajar como instructor de surf en Costa Rica, Nicaragua y Guatemala durante los últimos meses. Se hospedó en Antigua para evadirse de las olas y volver a casa al cabo de unos días.

–¿Dónde te lleva el destino?

Destino, de nuevo esa palabra.

—Atitlán. He oído que es el paraíso.

Buddy, lo es. —me decía con ojos amigables, mientras engullía una bandeja de frijoles y arroz, —Antes de venir a Antigua pasé allí unos días. Hay muchas aldeas alrededor del lago. Asegúrate de ir a San Marcos La Laguna, al hostel Hospedaje del Lago

—Hecho. Me fío de tu criterio.

Tras despedirme de Jacob y desearnos lo mejor para nuestro respectivo futuro, me monté en un Chicken Bus dirección San Marcos.

El Chicken Bus es el medio de transporte más económico en Guatemala, aunque no el más confortable. Son viejos autobuses escolares estadounidenses que, cuando pasan a una vida mejor, son comprados por un módico precio por empresas en Guatemala y otros países en Centroamérica. Una vez en sus manos, son reparados y pintados de llamativos colores que reemplazan el amarillo característico que todos hemos visto en alguna película americana.

Nos llevó cinco incómodas horas llegar a San Marcos, que me recibió con niebla en la noche, tímido de mostrar su belleza intimidante en nuestra primera cita.

Era la noche de Halloween. La víspera del Día de los Muertos, como lo llaman aquí. A mi llegada al Hospedaje, esperaba encontrarme con calabazas, disfraces y fiesta. Para mi sorpresa, me recibieron con palos, de los de madera. Sin hacer preguntas, ayudé a transportar leña a un círculo frente al lago, sin saber muy bien el porqué.

Si algo he aprendido durante estos últimos años, es que hay veces que la curiosidad está de más. Hay cierto tipo de personas que agradecen el no ser atosigadas a preguntas y que, sin más, esperan recibir sin explicar.

Las llamas empezaron a aflorar y a desvanecerse, cómo sólo el fuego lo sabe hacer: nacer, morir y volver a nacer.

Un anciano nos dio un tambor a cada integrante del círculo, a la vez que nos bendecía con humo de Palo Santo.

—Esta noche, vamos a celebrar el Círculo del Fuego. —decía el anciano con voz quebrada, su barba hasta las rodillas, —Por favor, no temáis si no habéis tocado antes un instrumento de percusión. El objetivo de esta celebración es que nos comuniquemos los unos con los otros sin que la barrera del idioma, cultura o costumbres interceda en nuestro camino. Sólo hay una norma: aquí no se canta con palabras. Quien quiera cantar, está más que invitado a hacerlo, pero debe de ser a través de sonidos que sólo nuestra energía pueda percibir, que escapen de nuestro cerebro.

La ceremonia dio comienzo.

Mujeres, hombres, perros, niños correteando, madres con bebés en brazos; todos unidos tratando de seguir el ritmo que oíamos a nuestro alrededor, para más tarde, hacerlo nuestro. Nuestra nueva forma de conocernos y de hablar al mundo. El tiempo dejó de ir en línea continua, para convertirse en un mero punto en el espacio. Y nosotros, sentados alrededor de ese punto hecho cenizas, cantamos, bailamos y brindamos a los que ya no están nuestra alegría en forma de ofrenda.

Los tambores se cansaron y encontraron en las flautas su amor perdido, azúcar que endulzó nuestras plegarias y nos permitió volver a casa tranquilos, como si nuestra sola compañía fuera más poderosa que la de las cien millones de estrellas que se escondían, temerosas, tras una armadura de melancólicas nubes.

Nos fuimos a dormir, con la certeza de haber sido parte del mayor espectáculo que uno pueda imaginar.

A la mañana siguiente, el cántico de los pájaros nos bendijo con un nuevo día. El sol brillaba con fuerza, las niñas aldeanas comenzaban su turno de trabajo vendiendo pan de banano y chocolate picante, mientras hacían bromas entre ellas en katchiquel, idioma maya local.

No hay nada como despertarse en San Marcos. Inmenso lago rodeado de, una vez más, volcanes. Volcanes que dejaron de atemorizar para regalarnos un maravilloso paisaje. Barcos pescadores, bañistas nudistas, espejo del sol. Nadé en el lago, practiqué yoga frente a él, y volví a nadar. Dejé que el tiempo volviera a su naturaleza lineal y me acompañara durante horas, sentado en el muelle, a los pies de Atitlán.

 

Autor entrada: José Ramiro

2 thoughts on “Guatemala Blues

    JOSE MANUEL

    (2 noviembre, 2017 -5:27 pm)

    Impresionante relato, no te cansas de leer, cuánto más lees más quieres. Enhorabuena hijo.

      José Ramiro

      (3 noviembre, 2017 -5:07 am)

      Muchísimas gracias 🙂

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